cuando encontró mayor satisfacción al dar que al recibir,
cuando se vio tan libre como para renunciar y desprenderse
de lo que como un mezquino derecho egoístamente exigía.
Jamás se amó tanto como cuando alguien

perdonó una ofensa, canceló una deuda
y tuvo generosa entrega sin la odiosa actitud
de pasar factura por cada bien realizado.
Jamás se amó tanto como cuando alguien
halló infinitas razones por las cuales estar agradecido,
cuando tuvo la paciente espera
de que el árbol daría fruto a su debido tiempo
y de que después de la tempestad viene la calma.
Jamás se amó tanto como cuando alguien tuvo fe
de que el bien triunfaría sobre el mal;
cuando alguien, tarde que temprano entendió que,
Dios, nunca se olvida de sus hijos.
